02 de juny 2005

SILENCIO, QUE EL BOSS CANTA

Concierto en el pavelló olímpic

Bruce Springsteen amplía su leyenda en Badalona con Devils & dust

A los acordes de My beautiful reward y con media hora de retraso sobre el horario previsto, Bruce Springsteen se reencontró anoche con su fidelísima parroquia catalana, refrendando la ceremonia con una contundente y bellísima lección de música.
Aprovechó este reto en solitario y formato esencialmente acústico para presentar su última obra discográfica, Devils & dust, que desgranó prácticamente en su totalidad. La excelencia artística que inundó durante casi dos horas y media el Pavelló Olímpic de Badalona la certificó con entrega, silencio respetuoso y delirio contenido los más de 8.000 aficionados que abarrotaron el recinto.
El músico norteamericano se presentaba lejos del colchón siempre seguro de su E Street Band, optando en esta ocasión por la cercanía, el encuentro íntimo y directo, con el aficionado. Un fan que atendió con obediencia casi eclesial la solicitud formulada al principio de la velada por el Boss, en un voluntarioso catalán (herramienta que emplearía a lo largo de la noche para presentar, escuetamente, algunas de sus composiciones): "os rogaría que guardáseis el máximo silencio posible porque la noche será larga". Fue impresionante, dicho de entrada, el despliegue de su artillería: una voz de un color y registro nunca exhibida en directo como hasta ahora; su perfil de contrastado guitarrista (acústica, de doce cuerdas, eléctrica, banjo eléctrico) y voluntarioso teclista (armonio, órgano, piano Rhodes, piano de cola); sin duda, armado de su guitarra y su armónica fue cuando pareció sentirse más a gusto.
Tras su conocida proclama de que detrás de estos conciertos se agazapa su deseo de "volver a sentir la esencia de mis canciones, desarmarlas y releerlas desde la intimidad", el jefe de New Jersey demostró a lo largo de cerca de veinticinco canciones que su intención iba mucho más allá del estreno mundano de las excelentes composiciones que cobija el citado Devils & dust y que bordó Long time comin, Silver palomino, Maria´s bed, Jesus was an only son, Leah, The hitter o la procaz -según la censura de su país-Reno. Va mucho más allá porque está dándole la vuelta a buena parte de su cancionero más clásico, aquél en el que se nutre, es decir, discos como Nebraska, The rising, Darkness on the edge of the town y un breve escarceo en The river.
Para ello contó, también, con una calidad de sonido casi insuperable, que captaba el rasgueo de las cuerdas, la respiración, los lamentos, los aullidos del héroe solitario, la percusión de sus botas sobre la tarima (una vez más, su versión de Reason to believe fue un ejemplo de sabiduría musical), ensamblados con las sutiles bases grabadas que aparecieron aquí y allá sin molestar, sólo agrandando la obra maestra. Todo ello sumado a una puesta en escena magnífica (colores violetas, lilas, rojos, azulados, cortinajes oscuros, un foco de luz blanca cuando hilvanó The rising, amén de dos pantallas laterales que mostraban primeros planos de su persona, sólo podía desembocar en una noche inolvidable. Y para cerrar el Dream baby dream, de sus admirados Suicide. Para echar mano de los kleenex.

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