13 de novembre 2009

CRÍTICA



Por un lado, 2012 es como cualquier otro filme de catástrofes: su planteamiento predice un futuro horrible para el hombre, su nudo agota casi todo el presupuesto en efectos especiales y en su desenlace los héroes hacen de héroes. Por otro, es una obra sin parangón. No hace falta ver más películas de catástrofes tras ver 2012, porque es mucho más que todas sus predecesoras. Más espectacular, más ruidosa, mucho más estúpida. La estupidez fluye con tal rapidez y alcanza tal hilaridad que se convierte en factor redentor. De hecho, los mejores momentos son los más ridículos, porque viéndolos es imposible no reírse. El problema es que no hay suficientes en 158 minutos de metraje.

Durante ese tiempo que parece no consumirse nunca, Roland Emmerich tergiversa de forma embarazosa la geología, la física y la astronomía, y maneja un elenco de personajes tan abultado que la vida o la muerte de ninguno importa un bledo. Pero nadie ve estas películas para aprender ciencia, sino para asistir a actos de destrucción masiva. Emmerich es tan consciente de ello que al final se le va la mano en escenas demasiado largas y repetitivas pero, eso sí, adecuadamente horteras y hasta perversas: solo a él se le ocurriría, tras masacrar a miles de millones de personas, recrearse en el incierto destino de un repelente caniche ante el mayor tsunami de la historia.

Nando Salvá

1 comentari:

PAPADOPOULUS ha dit...

quines ganes d'anar a veure-la!

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