30 de setembre 2010

Limitar nuestra Libertad

Hoy empezaré con tres confesiones:
no fumo, me molesta
que se fume ami alrededor y
me encanta vivir en una ciudad,
Nueva York, en la que puedo salir
de noche y volver a mi casa sin que mi
ropa apeste a humo. Dicho eso, pienso
que la ley Antitabaco recientemente
aprobada por el Congreso de los Diputados
representa una peligrosa limitación
de nuestra libertad.
Un argumento utilizado a favor de la
prohibición es que el tabaco mata a millones
de ciudadanos. Eso es cierto, pero
también lo es que millones mueren
anualmente conduciendo, esquiando o
nadando. A algunos incluso los fulmina
un rayo mientras pasean por el campo.
Todos ellos saben que el riesgo existe y,
sin embargo, deciden voluntariamente
seguir practicando esas actividades... y a
nadie se le ocurre pedir al Congreso de
los Diputados que prohíba o limite el
uso del automóvil, el esquí, la natación o
los paseos por el campo.
Se nos señala también que los costes
hospitalarios de los fumadores suponen
una carga financiera para los demás. Este argumento
carece de lógica económica porque si los
consumidores de tabaco no fumaran, ¡también
se morirían!Yyome pregunto: ¿acaso no costaría
dinero esa muerte? La pregunta es si los costes
de tratar a los fumadores son mayores que
los costes de morirse por otras causas. Sobre este
tema hay diversos estudios (Manning en Estados
Unidos, Raynauld y Vidal en Canadá,
Rosa en Francia, entre otros) con resultados
sorprendentes: perder la vida por culpa del humo
tiende a ser más barato que morirse, más
adelante, por otras razones. De hecho, una de
las enfermedades más caras de tratar es el Alzheimer,
que en general no aqueja a los fumadores
compulsivos porque, a la edad en que éste
tiende a aparecer, la mayoría ya ha fallecido.
Si a eso le añadimos que los fumadores tienen
una esperanza de vida de unos 65 años (la
edad de jubilación) y que, por lo tanto, acaban
cobrando pocas pensiones a pesar de cotizar toda
la vida, llegamos a la conclusión de que los
fumadores no sólo no son un coste financiero
neto, sino que son una ganga para los no fumadores.
La absurda ironía es que, si los activistas
aplicaran correctamente la lógica económica,
no sólo no deberían pedir la prohibición del tabaco,
sino que ¡deberían incentivar su consumo!
El argumento más persuasivo a favor de la limitación
es el del fumador pasivo: uno debería
ser libre de perjudicar su propia salud..., pero no
la de los demás. La pregunta es si es cierto que la
salud del fumador ambiental está amenazada.
Nohace falta decir que demostrarlo es complicado,
pero hay estudios sobre el tema. El más utilizado
por los promotores de la censura es el de
la Environmental Protection Agency (EPA) de
Estados Unidos: un metaestudio que analiza 30
publicaciones previas. La EPA concluye que
24 no encuentran una relación entre ser fumador
pasivo y tener cáncer de pulmón, pero las
otras seis sí. El problema para los prohibicionistas
es que el riesgo estimado por éstas es tan pequeño
que cualquier epidemiológico imparcial
diría que es producto de la omisión de otros factores
o del azar.
En otro estudio, la Organización Mundial
de la Salud (OMS) escogió a 650 pacientes con
cáncer de pulmón y 1.542 individuos sanos
y semiró cuántos de ellos habían vivido
en ambiente fumador. Para su sorpresa,
la probabilidad de ser fumadores
pasivos era la misma para los dos grupos.
La OMS intentó patéticamente esconder
los resultados, pero éstos acabaron
viendo la luz.
Uno de los pilares sobre los que se fundamenta
la toxicología es que la dosis
hace el veneno: incluso la leche puede
ser tóxica si se toma en dosis extravagantes.
En este sentido, un estudio del doctor
Keith Phillips, de los Laboratorios
Covance de EE.UU., colocó monitores
en empleados de centros donde se fumaba
abundantemente. La cantidad de humo
recogida en un año por esos monitores
fue tan pequeña que equivalía a fumarse
seis cigarrillos por año. Para entendernos:
para que esa dosis pudiera
acabar produciendo cáncer en un fumador
pasivo se necesitaría que éste se encerrara
en una habitación de diez metros
cuadrados sin ventilación... ¡rodeado
de 300 señores que fumaran 62 paquetes
(repito, paquetes) por hora (insisto,
por hora) durante cuarenta años!
Resumiendo, ni parece que los fumadores
comporten costes sanitarios excesivos (más
bien al contrario), ni la evidencia presentada
sobre la salud del fumador pasivo es convincente.
El problema para los censores de humo
es que, si los argumentos relacionados con los
costes económicos o de salud de terceras personas
desaparecen, sólo quedan argumentos del
tipo: queremos limitar el tabaco porque el humo
nos molesta.
Digo que eso es un problema porque la frontera
entre lo que molesta y lo que no es peligrosamente
arbitraria. Por ejemplo: ¿prohibiremos
los perfumes si se pone de moda decir que
nos molestan? ¿O pondremos en la cárcel a la
gente que no se ducha si nos molesta el sudor?
¿Y si nos molestan los feos? ¿O los extranjeros?
¿O los judíos? ¿Dónde está la frontera de
lo que es aceptable como molestia?
Yo, la verdad, no me fío de la capacidad de
los políticos de poder demarcar racionalmente
esa frontera, por más democráticamente que
éstos hayan sido elegidos (recuerden que fue
un gobierno elegido el que exterminó a seis millones
de judíos, simplemente porque les molestaban
en su afán de conseguir la pureza racial).
Y como no me fío, cuando veo que los
políticos tienen esa insaciable voracidad limitadora,
pienso que deberían empezar por limitar...
su propia capacidad de limitar nuestra
Sala i martin

1 comentari:

Anònim ha dit...

ey muy interesante!! he visto que se publicó en LA VANGUARDIA en el 2005 cuando empezaron a restringir el tabaco en algunos lugares cerrados.
Con este artículo me sentí "menos mala" de trabajar en una empresa de tabaco... :-)

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