22 de desembre 2010

El elefante azul en la cacharrería

Lo más relevante de la sesión de ayer fue el debut de Joan Laporta. Inicialmente, el ex presidente del Barça estuvo nervioso y cometió un olvido de novato (no saludar al president Montilla; ayer fue día de olvidos: Albert Rivera se dejó el discurso, como los donuts, en casa). Luego Laporta confirmó que le sienta mejor improvisar que leer.

Aprovechando el olvido, Artur Mas le respondió con esa condescendencia de mosso d'esquadra con pocas ganas de multar pero sí de ponerte en evidencia. Estuvo certero y pedagógico, tanto que, a ratos, parecía el director enrollado de una escuela progre riñendo a los últimos de la fila. Y luego, ¡tatachín!, llegó la réplica.

Laporta hizo ese gesto de encoger el cuello, mover los hombros hacia delante, mirar a su alrededor y sacar pecho. Esta secuencia de movimientos suele indicar que se le está calentando la boca y que está a punto de activar su mítico turbo dialéctico. Sin papeles, desplegó su esgrima habitual: contundente, jugando al ataque, tan metido en el personaje que sería capaz de venderle una estelada al mismísimo Alfonso Ussía, sonriendo antes de pegarle una colleja a su interlocutor y soltando sus por ahora minoritarias verdades sobre el independentismo (por lo que voy entendiendo, en el estado propio al que aspira su partido, La baguetina catalana podría pasar a llamarse La baguetina a secas).

Rápidamente, se vieron algunas expresiones de incomodidad entre la concurrencia. Está claro que Laporta molesta y que este es, por ahora, su mayor activo político. Si las miradas pudieran traducirse, algunas de las que recorrían el hemiciclo decían: “Ya está este tío dándonos lecciones”.

Más allá de esta primaria primera impresión, Laporta llega con la intención de ser un revulsivo y de sabotear el polifónico sopor que tanto anquilosa la práctica parlamentaria. La presencia de su grupo, representativa de un cambio en el mosaico soberanista, modifica lo que los marxistas denominaban “correlación de fuerzas”. Es cierto que muchos ven a Joan Laporta como un saltataulells, pero esa impresión es la misma que sentía el barcelonismo oficialista cuando, a finales del siglo pasado, le dio por disfrazarse de alternativo elefante azul. Aprovechando todas las olas para surfear en la dirección que más le convenía, Laporta acabó desmontando el gerontonuñismo y liderando un Barça que deslumbró a propios y a extraños.

Ayer, sin ir más lejos, le bastaron dos intervenciones poco vistosas para que su papel parezca más relevante que el de, por ejemplo, Joan Puigcercós, que intentó, con éxito relativo, empezar a resituarse tras el batacazo electoral. Así las cosas, lo fácil sería considerar el debut de Laporta como una extravagancia. Pero cuidado: no descarten que este elefante azul reconvertido en mosca cojonera acabe siendo, por hache o por be, el protagonista de muchas sesiones.

Sergi Pàmies

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